Pintores del Cinquecento

El siglo XVI en Italia es un siglo de belleza, equilibrio, grandiosidad y orden en la esfera artística, porque en la esfera sociopolítica no reinaba la paz en aspecto alguno.

Al mismo tiempo que los descubrimientos geográficos y científicos estaban obligando a replantearse todos los conocimientos establecidos, la Reforma religiosa avanzaba también con sus rupturas previas y la economía europea se desajustaba de forma grave.

El arte por tanto durante estos años se encierra en sí mismo y se vuelve intelectual, caprichoso, fuera del alcance del mundo de los gremios ya tan medieval.

Hoy vamos a hablar de los principales protagonistas de la pintura del Cinquecento, que son sin duda alguna Leonardo Da Vinci, Rafael y Miguel Ángel.

 

Leonardo Da Vinci

Leonardo Da Vinci ha sido considerado siempre como un hombre del Renacimiento por excelencia. Discípulo de Verrochio, practicó tanto la escultura como la pintura, a la vez que la observación científica, la ingeniería y la escritura.

Da Vinci encarnó de forma excepcional el tránsito del Quattrocento al Cinquecento. Como pintor su gran creación fue el sfumato, un artificio de la pintura que consiste en difuminar los contornos y llenarlos de sombras progresivas, envolviéndolo todo en una niebla imprecisa.

Este efecto consigue que el espectador presencie la escena dentro de su propia atmósfera, ayudando al efecto de su perspectiva.

Da Vinci estaba bastante más preocupado por la resolución de problemas técnicos, por lo que su obra pictórica es escasa en realidad. Sus pinturas más destacadas son La última cena, un fresco realizado en la ciudad de Milán que a pesar de su deteriorado estado de conservación es una obra icónica del artista. 

En ella, podemos ver un retrato psicológico de cada uno de los apóstoles representados, y por supuesto el ejercicio de la perspectiva renacentista de forma magistral.

Otra obra muy destacada de Leonardo da Vinci es La Gioconda, con su enigmática sonrisa. De la Gioconda o  Mona Lisa ya hemos dedicado un vídeo con anterioridad. Clica aquí para saber más de los secretos de la Gioconda.

Rafael Sanzio

Rafael Sanzio, a pesar de su corta vida, representa a la perfección el clasicismo pictórico del Renacimiento Italiano. 

En sus primeros años, la influencia que ejerció sobre el Perugino fue totalmente decisiva, con modelos humanos de delicadeza extrema. También en la composición de los planos, con su simetría perfecta y sus planos paralelos.

De Urbino pasó a Florencia donde tomó contacto con Leonardo da Vinci, del cual adoptó inmediatamente su composición triangular y equilibrada. También podemos ver en sus famosas Madonnas como aplicó el sfumato de su compañero florentino.

Finalmente en el año 1508 se trasladó a la ciudad de Roma donde conoció a Miguel Ángel y siguió transformando su estilo, con una nueva monumentalidad.

Fueron estos años romanos de Rafael Sanzio en los que desarrolló sus mayores obras maestras, tanto en pinturas aisladas (como en el caso del Entierro de Cristo o Madonna de Foligno) como en las estancias del Palacio Vaticano: su deslumbrante serie de las Estancias de la Signatura, de la Expulsión de Heliodoro, del Incendio del Borgo y de Constantino, todas ellas realizadas entre los años 1509 y 1520, el año de su fallecimiento.

Aquí también en el Palacio Vaticano, realiza con la colaboración de su ya enorme taller pero dirigido por él mismo, crear un mundo de maravillosa armonía donde motivos de la tradición clásica se armonizan con los episodios bíblicos del cristianismo, dando perfecto ejemplo de la teoría humanista. Son El Parnaso y la Escuela de Atenas quienes reflejan esta comunión.

Miguel Ángel

Miguel Ángel Buonarroti cultivó también las distintas artes, como la pintura la escultura y la arquitectura, siendo su pintura la que mayor influencia ejerció a nivel internacional.

Miguel Ángel se sentía fundamentalmente un escultor, lo que se reflejaba en su técnica de delinear los objetos y las formas, dando muchísima importancia al dibujo anatómico y al volumen, desplazando el paisaje y el color.

En sus obras tendía de forma especial a construir posturas difíciles, en tensión, que le permitían alardear de su pericia en los escorzos y los movimientos.

Fue en Roma por encargo del papa Julio II cuando realizó su gran obra maestra, la decoración de la bóveda de la Capilla Sixtina. Allí desarrolló un verdadero canto al cuerpo desnudo.

El techo de esta capilla está compartimentado en unas arquitecturas fingidas donde se sientan en las más variadas actitudes, bellos jóvenes desnudos. Dentro de los recuadros encontramos las mundialmente famosas escenas del Génesis, junto a figuras monumentales de Profetas y Sibilas.

Al final de su vida remató el encargo con su pintura del Juicio Final, una obra de enormes dimensiones en cuanto a tamaño y a dramatismo, con un grado de violencia pesimista que casi podemos considerar de corte manierista.

Hay un sentimiento de retorcimiento general en un espacio que por propia voluntad del artista, no queda definido.



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